Los logros científicos y técnicos del siglo XX hicieron pensar a muchos -siguiendo la línea de otros filósofos y estudiosos de centurias anteriores- que los males de la guerra y sus derivados podrían eliminarse definitivamente.

Una nueva cultura, una nueva forma de enfocar la vida, nuevas posibilidades de distribución de las riquezas en la tierra, nuevos estilos de gobierno más liberales, todo ello debía contribuir eficazmente a alejar el fantasma de las luchas a muerte entre los pueblos. Se daba por sentado que el imperio de los derechos humanos y el amor que todos los seres sienten por la paz, nos proporcionarían una época floreciente, en la cual ya no se verían más rastros de violencia. Pero desgraciadamente no es así. Al contrario de lo esperado, si bien no se puede hablar de guerras mundiales que enfrenten grandes bloques de países alineados en una u otra ideología, vivimos el tristísimo espectáculo de las múltiples guerras y guerrillas que asolan a la mayoría de los países del mundo, cuando no es el terrorismo el que se cobra vidas sin miedo ni piedad.

¿Qué es lo que ha fallado?

¿Dónde ha estado el error para que las cosas se dieran de un modo tan diferente al proyectado? ¿Deberemos aceptar acaso que la guerra es un impulso instintivo en el hombre y que, en todo caso, no bastan los paliativos con que contamos en la actualidad para aplacar ese instinto? ¿Son solamente el hambre y la escasez de medios de vida en general los que empujan a la lucha? ¿O son conflictos sociales y religiosos los que llevan al fanatismo intransigente al que no le importa ni matar ni morir? Nos sentimos inclinados a pensar que en las guerras se mezclan muchos de los factores antes mencionados y que, en la mayoría de los casos, una cara es la que se presenta en los medios de comunicación, y otra es la que se esconde entre los telones de la política internacional. Todos reniegan de las guerras y las muertes inútiles, pero pocos o ninguno pasan más allá de las palabras para detener esta plaga. La repulsa es apenas un grito intelectual y, en cambio, el miedo al compromiso paraliza todas las manos, las individuales y las de las grandes potencias. Es evidente que la ciencia no basta para ofrecer una vida digna a los hombres, ni tampoco la tecnología puede llegar a todos; los sistemas políticos son tan abstractos que los problemas siguen siendo los mismos de siempre aunque varíen los actores. La desesperación ante las dificultades de la vida, la falta de afirmación de la propia personalidad que no tiene bases sólidas en las que apoyarse, desembocan en una agresividad creciente de todos contra todos. A falta de otros bienes materiales y morales, los hombres buscan satisfacción en el hecho de sentirse únicos y especiales -cada pueblo, cada religión, cada estilo de pensamiento se expresa así-, y ello trae consigo un espíritu fanático de posesión, una furia salvaje por defender lo poco que se tiene: una gota de orgullo mal entendido, el orgullo de los pocos que excluye al conjunto de la Humanidad. La ausencia de verdaderas metas de vida, reales, útiles, con sentido de futuro y evolución integral, obliga a volcar las energías en estas empresas bélicas que tienen la apariencia de un ideal por el cual luchar, por el cual vivir y aun por el cual morir. ¿Cuándo despertaremos al arte y la ciencia que englobe asimismo el sentimiento místico y la aplicación sociopolítica, indispensables para que la vida y la muerte asuman su auténtico valor? Creo que no nos faltan medios para abrir los ojos; tal vez, apenas, la voluntad de hacerlo y la de librarse de todos los escondidos enemigos que nos hacen creer que nunca estuvimos más lúcidos que ahora.