Recuerdo haber leído muchas veces, desde la infancia, la fábula de “La cigarra y la hormiga”, que siempre se acompañaba del sabor extrañamente amargo de la contradicción.

La hormiga, trabajadora, laboriosa, siendo el ejemplo vivo del ahorro y la previsión para la futura escasez, era mezquina, cicatera, sin el más elemental sentido de la caridad ni de la ayuda a la necesidad ajena. No estaba dispuesta siquiera a prestar alguna provisión de sus sobrados graneros a la simpática, a la alegre, a la respetuosa cigarra cuyo delito no era otro que el de querer vivir feliz. ¿Era posible que la hormiga que me admiraba con su esfuerzo titánico en acarrear semillas cuatro veces mayores que su tamaño, aun a través de escollos y desafiando la ley de la gravedad, ofreciera, parejo con su fuerza, semejante egoísmo, que ni la súplica ni la angustiosa necesidad ablandara su duro corazón, y que la llevara a negar no solo el sustento, sino a increpar al necesitado?

Siempre quedó en el ánimo de quien leyera la fábula de Esopo una animadversión latente o explícita contra ese ejemplo de trabajo y, consciente o inconscientemente, preferíamos identificarnos con la cigarra. No obstante, de la hormiga es el triunfo. Ella forma parte de prósperas colonias, organiza sus migraciones desde los hormigueros sedentarios, como inmensas metrópolis en expansión, y cuida de su progenie amparada en las más sabias leyes sociales. Familiar y enigmática, por más que desconozcamos muchos de los secretos de su existencia, siempre nos admira.

Es Maurice de Maeterlink quien intuye con sabiduría filosófica que el misterio anida tanto en lo inmenso del cosmos como en la insignificancia del hormiguero, y nos traslada a él en sus investigaciones con tanta eficacia como si, reduciendo mágicamente nuestro tamaño, pudiéramos penetrar en su recinto y establecer lazos de entendimiento con sus pequeños habitantes.

El secreto del hormiguero

La hormiga es uno de los seres más nobles, más animosos, más caritativos, más abnegados, más altruistas que existen en el mundo; y lo es de manera natural, sin recabar mérito alguno por su proceder.

Las hormigas tienen en la entrada del abdomen una bolsa extraordinaria, que podríamos llamar buche social. Es un odre prodigiosamente elástico que ocupa las cuatro quintas partes del abdomen y que puede dilatarse de tal modo que da un tamaño ocho o diez veces mayor que el vientre normal. Dicha bolsa explica toda la psicología, la moral y la mayor parte de las actitudes del insecto. No es un estómago, pues no contiene ninguna glándula digestiva y los alimentos en ella acumulados se conservan íntegros hasta ser utilizados.

Las hormigas, aunque poseen potentes mandíbulas con las que horadar o atenazar al enemigo –al menos, algunas especies–, están desprovistas de dientes para masticar los alimentos, por lo que se ven en la necesidad de mantener una dieta exclusivamente líquida, formada por una especie de rocío azucarado que almacenan en el buche social, y cuyo contenido se reserva únicamente para la comunidad. Está ingeniosamente separado del estómago individual, al cual no llegan los alimentos sino al cabo de varios días, cuando queda saciada el hambre común.

Aquellas hormigas cuya misión exclusiva es ser depósitos alimenticios vivientes de la ciudad permanecen encerradas voluntariamente muchos días sin ver la luz. Se agarran con las patas delanteras, en apretadas filas, del techo del hormiguero, dándole la apariencia de una bodega bien ordenada, adonde se acude a solicitar la regurgitación.

La regurgitación es el acto social por excelencia. De él derivan las virtudes, la convivencia y la política del hormiguero. Es un acto de entrega, de ofrecimiento, de dádiva generosa, compensado con un placer inefable por la Naturaleza. La regurgitación debe de ser para la hormiga un acto tan delicioso como puede ser para nosotros el paladear los platos más exquisitos. La hormiga, al regurgitar, según hace notar Augusto Forel, con las antenas echadas hacia atrás, adopta una actitud estática, y experimenta visiblemente más placer que la que se atraca de miel. Parece evidenciarse que la Naturaleza las ha querido recompensar por esta entrega con voluptuosidades análogas a las del amor, que les está vedado.

La hormiga, como dijo el fabulista, no presta. Cierto, porque prestar es de avaros. La hormiga da, da sin contar. Nada es suyo, ni aun lo que tiene en su cuerpo. Es la gran austera del reino animal. Obligada a ayunar durante varias semanas entre la escayola de un hormiguero artificial, solo con que se mantenga en este un poco de humedad no padecerá. Una gota de rocío sacia su estómago particular. Todo lo que rebusca y acopia sin descanso a riesgo de su vida está destinado a ese buche colectivo, a los huevos, las larvas, las ninfas, sus compañeras… y hasta a sus enemigos. No es más que un órgano caritativo. Trabajadora tenaz, ascética, no disfruta de mayor satisfacción que la de ofrecer a quien quiera tomarlo el fruto de su trabajo.

La fundación del hormiguero

La fundación de la colonia es uno de los episodios más patéticos y heroicos de la vida de los insectos.

Tras el vuelo nupcial, la que acaso llegue a ser madre de un pueblo innumerable, se hunde en la tierra y allí dispone una cárcel estrecha. No posee más víveres que los que lleva consigo en el buche social: un poco de rocío meloso, su carne y sus músculos, los poderosos músculos de sus alas sacrificadas, que acabarán por ser completamente absorbidos

En su claustro no entra más que un poco de humedad procedente de las lluvias. Allí espera que la Naturaleza obre su continuo milagro de la vida. Por fin, se reparten en torno suyo unos cuantos huevecillos. Al poco tiempo, de ellos van saliendo larvas que tejen sus capullos. ¿Quién las alimenta? La madre. Cuando lleva enterrada cinco o seis meses lamiendo y nutriendo a su prole y está consumida hasta el límite, empieza la tragedia.

A punto de morir, y a sabiendas de que su muerte aniquilaría de golpe todo el esfuerzo y el porvenir del hormiguero, la hormiga madre resuelve comerse uno de los huevos, y esto le permite alentar la vida a dos o tres más. Así, dando dos pasos hacia delante y retrocediendo uno, pero siempre aventajando a la muerte, se desarrolla el terrible drama del hormiguero durante casi un año, hasta que se forman dos o tres obreritas, débiles por haber sido mal alimentadas; y ellas son las que perforan las paredes de su templo y salen al exterior en busca de los primeros víveres para llevárselos a su madre. Desde este momento ella deja de trabajar y no se ocupa sino de poner huevos. La prosperidad del hormiguero ha comenzado y continuará hasta que, como todo, cíclicamente, se reanude el drama por la vida.

¿Quién dirige la predestinación de la hormiga madre? ¿Quién prevé, quién calcula cuántas obreras, cuántas hembras fecundadas, cuántos machos son necesarios para la prosperidad del hormiguero? El misterio se oculta por igual en el equilibrio y movimiento de los astros como en el pequeño reino mirmecológico.

Veamos cómo transcurre la actividad en el interior de un hormiguero.

Los días y las noches –pues, al menos en el verano, no se descansa– se dedican a la limpieza y a la preparación de los alimentos, que es preciso transformar en sustancia líquida. Tienen lugar, además, regurgitaciones continuas, que les ofrecen recíprocas delicias. Mantienen una policía vigilante en el interior y en el exterior, así como el servicio a las madres, a quienes hay que escoltar, guiar, sobrealimentar, limpiar y acariciar; se prodigan toda clase de cuidados a los huevos, lamiéndolos sin descanso para alimentarlos por endósmosis; igual sucede con las larvas y las ninfas, a las que es preciso cambiar de sitio constantemente y colocarlas en los lugares convenientes según las horas. Cuidan, además, del tocado personal y mutuo, pues las hormigas son ejemplarmente limpias, y ayudadas unas por otras, se dan friegas y se acicalan muchas veces al día.

Tienen también sus juegos, luchas amistosas e, incluso, combates deportivos, como señaló Huber, que fue tachado de fantástico hasta que Forel, Stumper y Stäger confirmaron sus observaciones. También ellas tienen su descanso, pues están sometidas a las leyes generales del mundo. Así, cuando una obrera regresa al hormiguero cargada con un botín que pesa tres o cuatro veces más que su cuerpo, las compañeras que custodian la entrada del nido se acercan a ella, diligentes, y ante todo, le piden la regurgitación, con la que empiezan y acaban todos los acontecimientos sociales; luego, le quitan el polvo, la limpian, la acarician y la llevan a una especie de dormitorio reservado, lejos del tumulto de los demás, para las viajeras extenuadas, y allí se sume en un sueño profundo que no perturbaría ni un ataque al hormiguero.

Las guerras

Las hormigas son, por lo general, pacíficas. Evitan las violencias innecesarias, pero dentro del reino mirmeciano existe, como entre los hombres, cierto número de razas, generalmente las más fuertes y ricas, que no sienten escrúpulos y que, sin tener como oficio único la guerra, juzgan cosa muy natural apoderarse de lo que no es suyo, realizando periódicamente incursiones en las que se llevan todas las larvas de una ciudad cercana para reducirlas a la esclavitud. Lamentablemente, se ha comprobado que las especies más inteligentes y más civilizadas son las que tienen menos escrúpulos.

Entre las hormigas belicosas son muy comunes en Europa las sanguinas, a quienes se encuentra generalmente en setos orientados al mediodía. Estas sanguinas emprenden todos los años, en primavera, dos o tres redadas de esclavas. No hay cosa mejor organizada estratégicamente que estas incursiones. Forel nos informa al respecto:

“Después de enviar exploradores a reconocer el hormiguero que desean saquear, se dirigen en grupos pequeños al nido codiciado y lo cercan poco a poco. Alarmadas las sitiadas, acuden a las puertas enloquecidas y construyen barricadas con granitos de tierra, que para ellas representan bloques enormes. A una señal, los asaltantes avanzan en masa. Las defensoras intentan resistir, pero, desbordadas, atropelladas, regresan al nido para salir de él cargadas con sus ninfas, a las que quieren salvar a toda costa. Estas son tan numerosas que cambian en un momento el color de la refriega, que de leonado se vuelve blanco. Pero las agresoras les arrebatan su tesoro. Como aduaneros inflexibles, les hacen dejar su carga. A las que no se resisten no les hacen daño alguno.

Al finalizar, sobre el campo de batalla quedan muy pocas víctimas. Las ocupantes vencidas son expulsadas y emigran. En su nueva familia, las larvas y ninfas saqueadas son atendidas por esclavas de su misma raza, que las cuidan y alimentan hasta que están disponibles para prestar servicio en la vivienda de sus conquistadoras”.

Sin embargo, al contrario de lo que parecería lógico, son las vencidas las que adoptan a las vencedoras, hasta el punto de que en algunas colonias estas ya no son capaces de alimentarse sin su ayuda.

Estas esclavas son tan libres como sus dueñas: salen del nido cuando quieren, a veces pelean a su lado y son fieles a sus dueñas hasta la muerte.

No obstante, estas relaciones tienen, a veces, extrañas consecuencias. Pasman cita, entre otros casos, el de unas sanguinas que, habiendo robado larvas de una modesta colonia de pratensis –menos evolucionadas–, después de salir estas de su envoltura, un día, cuando forrajeaban, se encontraron con su madre y la llevaron al nido de sus dueñas, para que ocupara el puesto de su reina, que acababa de morir.

De esta manera, la colonia dominante fue convirtiéndose, poco a poco, en una familia de pratensis. Curioso destino el de esta comunidad, semejante al de tantas civilizaciones que tuvieron en su momento gran pujanza y que sufrieron desde su interior un retroceso inesperado hasta llevarlas a su desaparición.

¡Cuántas semblanzas y disimilitudes entre el mundo de las hormigas y el género humano! Cuántos interrogantes nos aclara el conocer la vida subterránea de estos pequeños seres, que permanecen inalterables en su ejemplo, mientras el hombre persiste en su vida fácil de niño, prestando oídos sordos a los clamores de la Naturaleza en la lucha por acortar el camino de la necesaria evolución.

Ellas nos ofrecen el ejemplo de una felicidad activa. Físicamente, orgánicamente, solo pueden ser felices sembrando en torno suyo la felicidad. No tienen más satisfacción que la del deber cumplido. Las hormigas son moralmente centrífugas. Saben de otros entusiasmos que, en vez de contraerlas en egoísmos, las expanden entre sus innumerables hermanas. Viven en la inmortalidad porque forman parte de un todo. Esto las convierte en seres místicos que solo existen para su dios, para servirle y olvidarse de sí mismas. Su dios, su alma, es el espíritu o ánima colectiva del hormiguero. Ellas, sin decirse a sí mismas estas cosas, actúan hondamente unidas a ese motor colectivo.

¿Cómo sería una Humanidad que no tuviese otra preocupación, otro ideal, otra razón de ser que la donación de sí misma y la felicidad ajena, una Humanidad en la cual trabajar para el prójimo, sacrificarse total y constantemente, fuera la única alegría?

 Forzoso es plantearse este modelo de felicidad, con lo cual, tal vez, lo incognoscible que habla a través de modelos evidentes para aquellos que están en condiciones de comprender, se manifiesta, con el fin de que sepamos buscar la imagen de nuestro propio destino, pues por pequeños que sean sus protagonistas, tienen su importancia.

Sabido es que en la Creación, que a todos contiene, el tamaño no reviste importancia, y lo que se desarrolla en el espacio obedece a las mismas leyes que cuanto ocurre en la oscuridad del hormiguero.

Ana Díaz