Un día, las gacelas se reunieron en consejo para poner una solución al gran peligro de extinguirse debido a los muchos leones que cazaban en la zona.

Los leones se habían multiplicado enormemente matando sin piedad ni distinción tanto a adultos como a las crías. Se determinó enviar una embajada para hablar con el rey de los leones suplicando un poco de piedad y algún acuerdo entre ambos que permitiera la sobrevivencia de las gacelas

/p>Para evitar que los leones devoraran a la gacela mensajera decidieron acudir a la ayuda de un gran elefante sabio y fuerte, muy respetado por los leones, para que hablara con los ellos. El elefante se presentó ante el rey de los leones y su consejo transmitiéndoles el mensaje de las gacelas. Uno de los más jóvenes leones, al escuchar el mensaje, gruño de indignación:

-Nosotros y nuestros hijos moriremos de hambre. No hay posibilidad alguna de respetar a las gacelas-dijo -Si ellas fueran más rápidas se salvarían de nuestras garras, ¡que corran más! – dijo otro -Es, nosotros o ellas- respondió un tercero.

Pero un león anciano que había vivido muchas partidas de cacería, se levantó imponiendo silencio en el consejo

-Señor rey y estimados consejeros: he aquí lo que me enseñaron los grandes sabios de nuestra estirpe: Si no hacemos el trato, también nosotros moriremos.

Hace tiempo que les vengo avisando de esta realidad pero no quieren creerme. Si seguimos así, las gacelas se acabarán y no tendremos que comer. Moriremos todos sin remedio

-Es un viejo pesimista -comentó airado el más joven de los leones - ¿Por qué le hacemos caso? Las gacelas vienen ante nosotros a suplicarnos porque son débiles; nosotros tenemos el dominio y decidimos. Hay y habrá gacelas de sobra, este anciano solo trata de asustarnos. Si no supiera que es un león venerable diría que ha sido sobornado por las gacelas – añadió.

Tenemos que atender fundamentalmente a nuestro bien y no al de las gacelas. ¡Señores, no debe haber trato!

El rey león, que había escuchado a todos en silencio, le preguntó al elefante: - Tú que no comes gacelas, que te alimentas con las ramas de los árboles y otra hierbas y, por tanto, no tienes una opinión interesada, ¿quien crees que tiene la razón? El elefante respondió:

- No como gacelas, es cierto, pero no por ello las cosas en mi mundo dejan de funcionar de manera semejante. Si nosotros o cualquier otro animal, se comiera los árboles desordenadamente, se acabarían y también nosotros moriríamos de hambre. Es necesario establecer unos límites y si nosotros no lo hacemos en nuestra ignorancia, una ley superior a nosotros lo hará. Así dicen las antiguas tradiciones que heredamos de nuestros sabios.

- Esa no es la ley de la selva - gritó airadamente uno de los jóvenes leones- el asunto es quien es el más fuerte, quien más astuto. Cuando nosotros cazamos a las gacelas en realidad las estamos ayudando a mejorarse, a hacerse más veloces por la propia selección natural. Es por eso que siempre acabamos atrapando a las más débiles. Estas son las dos leyes con las que siempre hemos vivido y que nos han transmitido nuestros padres: La ley del más fuerte y la ley de la selección natural que permite la sobrevivencia del más apto.

El viejo elefante meneó su trompa en señal de desacuerdo y el sabio de los leones, volvió a tomar la palabra:

-Señores, su padres les enseñaron correctamente. Estas leyes son ciertas y así vivimos. No obstante esta no es toda la verdad sino solo una pequeña parte. Escuchen lo que dicen los grandes sabios, aquellos leones que llegaron a comprender los secretos de la naturaleza:

La naturaleza nos permite comer gacelas pero sólo aquellas que son débiles y lentas o descuidadas. De esta forma nosotros sobrevivimos y, a la vez colaboramos aun sin darnos cuenta, al mejoramiento de las propias gacelas, quienes reproducirán solo los genes mejores de entre ellas.

Pero, si abusando de nuestro poderío, acometemos la caza de otras y otras sin distinción, estaremos cometiendo una grave infracción a una de las leyes más elevadas que es aquella que procura el Bien de todos en conjunto, donde todos los animales y vegetales de la selva están incluidos. A esta gran ley, a este Bien común que aúna a todos en una gran vida de conjunto, están sometidos todos los seres.

Yo tuve en mi juventud un maestro y amo, un hombre bueno que me enseñó muchas cosas imposibles de repetir aquí pero, entre otras cosas, me mostró que la vida del mundo es mucho más amplio de lo que nosotros vemos. Me habló de enormes seres que no podíamos ver de grandes que son, que ellos llaman planetas y estrellas, y aun me dijo que todos nosotros no vivimos sino en una pequeña parte de uno de estos enormes seres. En fin, queridos hijos, hagan caso a este sabio elefante si no quieren hacer las cosas mal y perjudicarse a sí mismos y a todos. Yo soy muy viejo, apenas si puedo masticar el pedazo de gacela que me corresponde y dentro de poco ya no estaré con ustedes. Creo que seré feliz si vuelvo a hacer compañía a mi antiguo amo allá donde dicen que vamos después de morir.

El viejo león se echó cansinamente extendiendo sus patas delanteras, sus ojos parecieron perderse en un infinito que solo él comprendía y un silencio reverente se hizo en el consejo. Ya era de noche y se escuchaban búhos y otros seres nocturnos que comenzaban a salir de sus madrigueras. Arriba, como todas las noches, el dosel de diminutos puntos luminosos empezaba a aparecer aunque esta no era una noche como cualquier otra; una brisa mágica había atravesado aquel espacio del bosque y el tiempo pareció detenerse. Los leones sintieron que algo les había tocado, que algo desconocido les mantenía suspendidos de alguno de aquellos puntos luminosos. Cuando la magia cesó, nadie pudo pronunciar una sola palabra; no lo necesitaron. Todos habían comprendido y en silencio volvieron a su lugar de la selva. El elefante levantó sus enormes patas para emprender la vuelta sintiendo su misión cumplida y el viejo león quedó allí mismo en la misma postura que había tomado al finalizar sus sabias palabras.

Pasaron muchos, muchos años; gacelas, leones y elefantes ya no vivían allí; aún la misma selva había desaparecido de aquellos lugares pero el viejo león aun continúa allí en la misma postura, echado sobre su vientre con una misteriosa sonrisa mirando al infinito; convertido en una estatua de piedra que los hombres llaman “esfinge”.

Anacarsis