Considerado el mayor pensador alemán del siglo XVIII, Gottfried Wilhelm von Leibniz, nació en Leipzig el 1 de Julio de 1646 y murió en Hannover el 14 de Noviembre de 1716.

Su familia era protestante y de tradición jurídica; desde pequeño tuvo acceso a la gran biblioteca que heredó de su padre, leyendo a los clásicos y aprendiendo latín y griego en las obras literarias de la antigüedad, de las que era un gran devoto. Estudió Filosofía y Derecho en la Universidad de Leipzig, doctorándose a los veinte años. De ahí que sus primeros escritos (“De principio individui”, “De Casibus Peplexis in jure” y “Ars combinatoria”) fueran las tesis para obtener sus títulos académicos. Concebía el conocimiento a la manera socrática, accediendo a él por medio del diálogo, por lo que una gran parte de su obra se encuentra en la inmensa correspondencia que mantuvo a lo largo de su vida con los personajes más célebres de su tiempo. Conocía muy bien la filosofía escolástica, así como la de los modernos Bacon, Campanella, Descartes y Hobbes. Más tarde trabó conocimiento con las matemáticas y la física estudiando las obras de Kepler y Galileo, dedicándose también a las cuestiones jurídicas e históricas e iniciándose en la alquimia. En general, sintió siempre una gran curiosidad por todas las formas del saber y un deseo de intervenir activamente en la política y la historia de su época. En 1672 viaja a París con una misión diplomática, dilatando allí su estancia más de tres años para entablar contacto con los hombres más destacados de la época y conocer de cerca sus doctrinas científicas y racionalistas. Pasó luego a Londres, donde fue nombrado miembro de la Royal Society; allí aprovechó para conocer a Hooke, Boyle y Pell. En 1676 descubre el cálculo infinitesimal, independientemente y a la vez que Newton, con lo que se suscitó una gran polémica entre los partidarios de ambos ?no entre ellos?, aunque Leibniz fue el primero en publicarlo. De regreso a Alemania, pasó por Holanda para visitar a Spinoza y discutir con él los aspectos más polémicos de sus escritos. Mientras para el holandés la razón es la facultad humana que puede establecer o reconocer las relaciones necesarias que existen entre las cosas, para Leibniz la razón no es más que una posibilidad - no necesaria - de establecer relaciones. Ya en su país, fue nombrado bibliotecario de Hannover, y allí vivió el resto de sus días, aparte sus viajes a Italia y Austria, desplegando una intensa actividad intelectual y filosófica, diplomática y política. Se ocupó activamente en un proyecto de unión de las iglesias cristianas, fundó la Sociedad de Ciencias de Berlín de la que fue primer presidente, y fue el principal consejero de la reforma de Pedro el Grande en Rusia. A pesar de que sus contemporáneos le consideraban un genio, Leibniz murió en el olvido y el abandono incluso de sus propios protectores y ni siquiera se conoce el sitio de su sepultura. Sus obras escritas son, en general, breves y muy concisas, y una buena parte de ellas está dedicada a la jurisprudencia. Nunca escribió una exposición completa y sistemática de su filosofía. La mayoría de sus investigaciones científicas y filosóficas se recoge en su abundante correspondencia y en ensayos publicados en las revistas de su tiempo. Sus obras más importantes las escribió en francés o en latín: “Nouveaux essais sur l´entendemènt humain”, “Théodicée”, “Discours de métaphysique”, Système nouveau de la nature”, “Principes de la nature et de la grâce, fondés en raison” y la “Monadologie”. Todas las ideas de Leibniz, en cualquiera de los ámbitos en los que actuó, desembocan en un pensamiento central: un orden no necesario ni geométrico, sino organizado espontánea y libremente, al contrario de los postulados de Spinoza. El orden , la razón del mundo para nuestro filósofo, es la libertad, y el criterio que utiliza para interpretar la realidad, no es la necesidad, sino la posibilidad. El resultado final de las investigaciones físicas de Leibniz es un universo concebido como sustancia espiritual, dejando de lado los principios de corporeidad, materia y extensión, para resumirlo todo en espíritu y vida, es decir, en fuerza (energía).

Las Mónadas

La doctrina de las mónadas, recogida en su última obra, constituye quizás lo más sobresaliente y original del pensamiento de Leibniz. A la dualidad cartesiana de la sustancia y al posterior monismo de Spinoza, nuestro filósofo responde, ya en plena madurez y como resumen de todas sus avanzadas elaboraciones filosóficas, con su teoría de las mónadas. Propone así un paso más, demostrando la insuficiencia de los argumentos esgrimidos por sus predecesores y cerrando con gran brillantez este interesante período barroco de tradición idealista. La estructura metafísica del mundo es para Leibniz la de las mónadas, los átomos espirituales que constituyen la fuerza (vis) interior que mueve todas las cosas. No está de acuerdo con reducir la materia a la extensión (res extensa), como pretendía Descartes al restringir los entes corporales a determinaciones geométricas. A Leibniz, que es también un gran científico y matemático, le parece absurda esa física estática y mecanicista, y afirma que un movimiento no es un simple cambio de posición, sino algo real producido por una fuerza interior que es la que le da sentido. Por otro lado, Leibniz se aleja también del monismo spinoziano y se vuelve hacia las fuentes clásicas y viejas tradiciones al proponer un mundo conformado por la unidad y la multiplicidad de estas sustancias primigenias. Las mónadas son sustancias básicas, simples, sin partes. Leibniz las llama fulgores contínuos de la divinidad. Son átomos espirituales que no pueden corromperse ni perecer por disolución, ni tampoco comenzar por composición. Solamente Dios puede crearlas o aniquilarlas. Son los elementos fundamentales e indivisibles de donde parten todas las cosas complejas; la fuerza que constituye su principio último y primero al mismo tiempo, físico y metafísico. Cada mónada es cualitativamente distinta a las demás (no existen en la naturaleza dos seres absolutamente iguales entre sí), y los cambios que experimenta surgen de su propio ser interior, no dependen de fuerzas externas. Ninguna fuerza exterior puede actuar o influir sobre las mónadas, ya que ellas no tienen ventanas para poder comunicarse entre sí, de suerte que ninguna puede “causar” tampoco ningún cambio en otra. Se comunican única y directamente con Dios, que es la Mónada más perfecta y activa. Si aparentemente reina entre ellas alguna conexión o interinfluencia, se debe a esa dependencia causal de su Creador, el que, mediante su armonía preestablecida, ha creado el mejor de los mundos. Afirma Leibniz que habiendo una infinidad de mundos posibles en las ideas de Dios y no pudiendo existir más de uno solo, se precisa que haya una razón suficiente en la elección de Dios que le determine a éste mejor que a aquél (...) Y ésta es la causa de que exista lo mejor: la Sabiduría de Dios lo conoce, su Bondad lo elige y su Poder lo produce. Para Leibniz, es Dios quien asegura la correspondencia de nuestras ideas con la realidad de las cosas, al hacer coincidir el desarrollo de cada mónada pensante con todo el universo, de lo cual se infiere que las mónadas tienen “aperturas” solamente para su comunicación con la Divinidad, no unas con otras entre sí. ¿Cómo surgirían entonces los cambios en el mundo? El único modo, afirma el filósofo, es si cada mónada ha sido programada de antemano para que actúe concertada con todas las otras mónadas existentes. Esta sería la armonía preestablecida. Para explicar esto recurre al famoso ejemplo del relojero que, al fabricar sus distintos relojes, les da a cada uno su propio mecanismo para que puedan funcionar todos marcando la misma hora, sin necesidad de relacionarse entre ellos, y solamente siguiendo cada uno el funcionamiento del propio motor integrado en él por el relojero. Así, en su total individualidad, cada mónada contiene en sí misma toda la suprema realidad del mundo, o sea, hay pluralidad de estados aunque no haya partes. Sus grados de perfección dependen del grado de sus percepciones. La mónada sale de las manos de Dios completa en su naturaleza, aunque no completa en su desarrollo, y también determinada, aunque esto no impide su libertad, pues esta “determinación” no obedece a la necesidad sino a su inclinación hacia una elección responsable por el principio de la razón suficiente que le inclina a elegir lo mejor. En definitiva, el genio de Leibniz ha sido dar al mundo una explicación racional de las realidades metafísicas que desde siempre han inquietado al ser humano. A lo largo de una vida dedicada al estudio y la investigación, fue recogiendo el pensamiento de sus predecesores, tratando de plasmar el viejo sueño de una Filosofía Perenne para toda la Humanidad, como podemos leer en su carta a Nicolás Remond: La verdad se halla más difundida de lo que se cree, pero se halla a menudo demasiado compuesta, y también a menudo muy envuelta y hasta debilitada, mutilada, corrompida por añadidos que la echan a perder o la hacen menos útil. Si se pusieran de relieve esas huellas de la verdad en los antiguos o en los filósofos anteriores a nosotros, se extraería el oro del barro, el diamante de su mina, y la luz de las tinieblas y esto sería algo así como una “filosofía perenne”.