Hace poco tuve la ocasión de dar dos conferencias sobre la obra de Tolkien en la sede de Nueva Acrópolis en Montevideo y me gustaría compartir algunas de las reflexiones que acudieron a mi mente mientras preparaba las charlas.

Resumir o analizar estas historias contadas por Tolkien se hace sumamente difícil, no porque no se pueda, sino porque una vez que se ha penetrado en la magia de la narración, detallada y sin prisas a la manera antigua, no encuentra mucho sentido al resumen. En efecto, el autor nos introduce en una experiencia olvidada hace cientos de años que es el placer de una narración bien contada, sin prisas, gustando las palabras, los nombres, recorriendo con la imaginación de manos del bardo, paisajes legendarios, héroes portentosos, magos y enanos, elfos y otras criaturas a quienes el polvo de los siglos había sepultado no menos que a sus castillos, sus bosques o sus lenguajes.

En todo momento estamos ante un drama épico, solo endulzado por los simpáticos hobbit o la hermosura de los países élficos.

Corre por las venas de las historias escritas por Tolkien el regusto del mundo olvidado que siempre hizo soñar al niño que todos llevamos dentro y al héroe que duerme en nosotros.

En muchos momentos se olvida que estamos leyendo un libro impreso a la manera moderna y se nos antoja estar escuchando al viejo juglar al calor de un fuego nocturno o, tal vez al gran narrador que, en los salones de un vetusto castillo, acompañado de su lira, canta las viejas hazañas de los héroes de antaño, cuando sobre la tierra pisaban seres portentosos y brillantes.

Es, en definitiva, una obra de arte que, bien leída, nos inspira y nos transforma sumidos en la magia del lenguaje y los mitos.

Hace mucho tiempo que no aparecía una literatura de las características que posee la obra de Tolkien. El pasado siglo XX, que aún llamamos nuestro siglo por su cercanía, la crisis del arte ha hecho difícil la aparición de verdaderas obras maestras que fueran a su vez un éxito popular, oscilando entre lo vulgar y mediocre o aquello solo entendible por un escaso número de “iniciados”. Por otro lado el mito y las gestas heroicas estaban en desuso, normal para un mundo chato y gris donde los héroes han sido sustituidos por el cantante o la actriz de moda que no siempre cantan realmente o no tienen más valor que una linda cara o un cuerpo siliconado

Recuerdo las palabras escritas alguna vez por un pensador del pasado siglo: “¿Pueden las colectividades modernas pasarse sin los grandes héroes? ¿Pueden prescindir del culto al héroe? ¿Será posible que las naciones puedan permanecer sanas y marchar todas juntas en un mundo cuyas estrellas más brillantes son las estrellas de cine, y cuyos dioses están sentados en la galería?...” ( Efectos de las masas en la vida moderna – W. Churchill )

Por suerte el espíritu humano, aunque dormido, no ha muerto y esto lo demuestra el éxito que tiene entre los jóvenes obras como la de Tolkien. Nos demos o no cuenta, nuestra juventud continúa sedienta de héroes y de grandes hazañas, sedienta de ejemplos que les muestren que la vida tiene un sentido y que el ser humano puede, si se lo propone, realizar prodigios y reconquistar su condición heroica.

Victoria calle