Tal vez no sepamos definir correctamente la alegría, pero si sabemos que se trata un estado de ánimo positivo que todos queremos poseer.

La alegría no es la felicidad pero se le parece un poco como si de su hermana menor se tratase.

Todos hemos experimentado en su suficientes ocasiones este estado de ánimo como para saber que, cuando nos embarga, nuestro ser se expande en un entusiasmo que nos hace sentir seguros y generosos; la sonrisa se hace fácil y todo el alrededor parece más luminoso y bello.

La alegra canta, ríe, danza, ilumina y a veces en su posesión más fuerte, también llora. Pero sus lágrimas no nacen en una mueca incierta sino en un rostro lleno de luz.

Si la felicidad de la contemplación de lo Bello y lo Bueno, tal vez la alegría, su hermana menor, provenga de aquellas sombras, cambiantes y engañosas, proyectadas en el mundo de Maya por aquellos sublimes Principios. Se parece mucho al entusiasmo, esa posesión divina que nos permite trascender lo vulgar para hacernos penetrar en el santuario de los héroes.

El problema de la alegría, como en general de los estados de ánimo, es que no aparece siempre que queremos. Ella viene y se va sin nuestro permiso; acude inesperadamente en algunos momentos pero otros, tal vez cuando más la necesitamos, desoye nuestra llamada.

Cuando la buscamos, ella se aleja en la medida que lo hacemos pensando en nosotros mismos y paradójicamente, se acerca cuando la buscamos en nosotros mismos y, paradójicamente, se acerca cuando la buscamos para ofrecerla a los demás en un acto de amor generoso. Esta especie de “musa” que hemos dado en llamar a la alegría tiene una naturaleza generosa y huye siempre de aquellos que no le son afines.

Una serena alegría es marca del filosofo verdadero; la tristeza, carencia de ella, es un pesado manto oscuro del que debeos huir pues es hijo de la ignorancia, el miedo y el egoísmo.

¿Cómo llamar a esta especie de “musa”, como someterla a nuestra voluntad para que no nos abandone a su capricho? Simple, nos dirían los maestros estoicos: “No haciéndola depender de los factores externos” Efectivamente, hay una fuente inagotable de energía en el interior de cada uno, solo hace falta hallarla. Y teniendo

dentro una fuente, ¿para qué estamos esperando a beber en lo ajeno si somos capaces de manar y derramar alegría haciéndola fuera con generosidad?

Tal vez Sidharta Gotama (Buda) venga en nuestra ayuda para encontrar el camino hacia la fuente: ¿buscar la alegría en lo que cambia permanentemente o en aquello que es más duradero? En dar o en recibir? ¿ en satisfacer nuestros caprichos o en el generoso cumplimiento del deber?

Victoria Calle